Mundos imaginarios

Pequeños globos terráqueos apilados

En nuestra corta presencia, este planeta ha sido testigo de las convulsiones generadas por nuestros pasos para sobrevivir en él, pero desde de la llegada de la civilización, hoy muchos podemos darnos el gusto de pasar nuestra breve estancia en esta inmensa roca sin tanto ajetreo; no obstante, ha limitado nuestra concepción de él a un granito de tierra.

Las fronteras no son nada más que líneas imaginarias trazadas en nuestras mentes para organizarnos mejor, pero esto conllevó aislarnos: olvidamos que en realidad todos vivimos en el mismo lugar. Nuestra obsesión compulsiva por ellas es más reciente, nacida de los miedos que nos ha dejado los conflictos entre mundos imaginarios, hasta al punto de dejar de vernos como seres humanos y empezar a mirarnos como extraterrestres.

La razón no se basa en temores y una vez retirada esa venda, notaremos que este planeta es mucho más amplio y variado; que más allá de las murallas de aire, no hay alienígenas, sino personas, esparcidas entre la prosperidad y la miseria; sumergidas entre la esperanza y la desesperación.

El hombre nunca ha dejado de moverse, siempre ha estado en esa búsqueda por un mejor vivir. La humanidad nació en un mismo lugar; por lo tanto, si hoy estamos lejos de él, es porque en algún momento se decidió iniciar ese viaje, periplo que solo se detendrá el día en el que nuestra existencia lo haga.

A veces las circunstancias perturban nuestros caminos, pero el motivo que nos une, sin importar si en estos momentos estamos viajando o no, sigue siendo el mismo: vivir dignamente. Lo que no se necesita es reforzar el aire con piedra, lo que se necesita es reconciliación con nuestra humilde naturaleza; no como la salida directa a nuestros impasses, sino como el único camino para dar con ella.

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