Seudomonógamos
La infidelidad es el curso natural de toda relación: una horrorosa línea para empezar un artículo, ¿cierto? El ser humano no es monógamo por naturaleza, sino por convicción, y para entenderlo, tenemos que repasar nuestra historia partiendo de dos simples preguntas: ¿cuándo empezamos a serlo... y por qué? La respuesta, como era de esperarse, es también simple: cuando empezamos a ser uso de nuestra razón.
Comenzamos a acariciar la monogamia no por una obra divina, sino por ese miedo primitivo que nos recuerda el valor de la vida, avivado por las inferencias que nuestra razón hizo sobre el enlace entre lo insano y la soltura en nuestras relaciones íntimas. Dominar nuestros instintos alivió un poco lo que en ese momento nos era desconocido: las enfermedades de transmisión sexual.
Hoy concebimos al matrimonio y a la monogamia como un solo ente, pero la realidad es que provienen de dos caminos distintos. El matrimonio no nace como la máxima expresión del amor, sino como algo más sobrio, originado en el momento en el que decidimos asentarnos al ver que ya no era necesario embarcarnos hacia lo desconocido para poder sobrevivir; nace como una institución para amparar a aquellos que nos importaba con nuestro patrimonio.
La infidelidad no tenía ese tinte malévolo en épocas pasadas que hoy se le atribuye, por lo menos en el lado masculino, puesto que lamentablemente las mujeres, durante gran parte de nuestra historia, se han encontrado subyugadas por su contraparte. Era admisible el escenario en el que un ciudadano podía tener bajo su amparo una familia sin esto tener que comprometer su libertad sexual. Entonces, ¿desde cuándo esta concepción cambió?
Se cree que es durante el Renacimiento que el ideal que hoy abrazamos cuajó en nuestras mentes, nacido del mismo miedo: la incertidumbre. El ser humano siempre ha anhelado la estabilidad emocional, el tener siempre a alguien a su lado que lo comprenda y lo apoye en los altibajos del camino de la vida, lo que se conoce poéticamente como una media naranja. No obstante, nuestra naturaleza se interpone en nuestro paso con toda su artillería instintiva y psicológica, puesto que su visión es más a largo plazo, en donde la diversidad es esencial. La infidelidad se convierte en nuestra principal amenaza.
Cuando se nos presentó a ese nuevo villano, nos esforzamos mucho por levantar una estructura intangible para protegernos de él, edificación que aún hoy se mantiene en pie. Desde pequeños, somos hostigados, sin darnos cuenta, con cuentos de «vivieron juntos y felices por siempre» y lecciones de vidas arruinadas por abandonar el techo que los acobijó. Cuando la edad adulta se asoma, nuestras mentes solo conciben una única opción, pese a las evidencias que rebotan constantemente en nuestros rostros de lo malos que somos en ponerla en práctica; admitir lo contrario sería como aceptar que hemos fallado como seres humanos. Es así como nacen los falsos monógamos.
La sociedad nos ha programado para actuar de la manera en la que lo hacemos frente a la infidelidad y es el miedo a lo desconocido, manifestado en la soledad ─no solo física, sino emocional─ y el temor a ser rechazado ─después de todo, somos seres sociales─ lo que nos impulsa a nunca romper ese ciclo. La hemos definido como un acto de transgresión, como algo inhumano, a la par de los crímenes más atroces; es de ahí el dolor punzante que nos causa y el rechazo vehemente hacia ella, tan fuerte que puede acabar con vidas.
La monogamia no es algo imposible, siempre y cuando se atienda como lo que es, como algo racional. Se puede vivir sanamente en monogamia, y esto no quiere decir ausente de tropezones, cuando ambas partes abandonen la actual concepción que se posee de ella y en su reemplazo abracen nuestra naturaleza, posesiva y a la vez ingrata con lo familiar. No me malinterpreten, no estoy diciendo que se deba o esté bien ser infiel, puesto que no lo es, ya que hay un compromiso de por medio, sino aceptar que la baraja siempre jugará en nuestra contra. Esto nos ayudará a sentir compasión, mas no desprecio, hacia nuestros semejantes y hacia nosotros mismos por encontrarnos sin previo aviso en este complejo cuerpo y curioso mundo que otros han moldeado; y a enfocar nuestra mirada en lo que verdaderamente nos importa.
Abrazar la monogamia es reconocer que las más honestas emociones y el deseo sexual no van de la mano por mucho tiempo; es recordar que somos seres humanos, lleno de defectos y complejos, los cuales se harán evidentes una vez la convivencia nos quite la venda, pero con mucho espacio para aprender y crecer; es aceptar que nunca se encontrará una media naranja, puesto que no existen dos Yo; es iniciar una relación de este tipo, no porque es lo que se espera de uno, sino porque sinceramente así se desea.