Me enamoré
Uno nunca se enamora del ser que se tiene en frente, sino de la imagen que nuestra mente moldea de él. Uno se enamora, en simples palabras, del desconocimiento. Por supuesto, las cualidades iniciales que nos motivaron a acercarnos a esa persona pueden en realidad estar presentes en ella, pero el resto es un invento maravilloso de nuestras cabezas.
Como se nos hace imposible conocer a un ser humano a fondo, dada las limitaciones y complejidades que nos acaece por naturaleza, y debido a que no nos gusta la incertidumbre, como a todo ser vivo, llenamos esos vacíos de ignorancia, inspirados por nuestros primeros descubrimientos, con nuestros ideales. Es como darle forma a una nube.
Uno queda atónito ante la existencia de semejante ser. Uno siente que se está frente a algo divino, fuera de este mundo (y en realidad lo está), el cual no somos dignos de presenciar, como era de esperarse, por nuestra condición llena de vicios. Por eso temblamos ante ellos, tememos escuchar ese veredicto que confirme lo que ya sabemos, y por eso nos sentimos realmente bendecidos cuando, contra todo pronóstico, nos recibe con misericordia y nos estrecha con bondad su etérea mano.
La decepción, por supuesto, siempre nos hará la visita una vez las hormonas mermen y la convivencia nos retire la venda de nuestros ojos. Cuando ya no se esté frente a un ángel, sino a un ser humano, un ser defectuoso que, al igual que nosotros, es irritante, orina, defeca y ventosea. La lucidez se hace oír cuando lanza frustradamente la famosa frase «¡ya no eres la persona de la que me enamoré!». En realidad nunca lo fue, nunca existió, nunca salió de nuestras cabezas. Habremos madurado cuando empecemos a enamorarnos de seres humanos.