Afectos, demostrándolo a cada hora, porque somos seres inseguros que requerimos de recordatorios constantes de que, a pesar de nuestros defectos, uno merece ser amado. No importa el tiempo que se ha estado con esa persona, nunca será suficiente para nuestros temores; lo incierto es la constante en todo lo que nos rodea. Es aquí en donde los gestos afectuosos son esenciales, especialmente los físicos, dado que es lo que verdaderamente se siente, ya que las palabras tienden a difuminarse en el aire antes de llegar a su destino; siempre buscando que ese abrazo y ese beso en la mejilla dure un poquito más que un mero saludo.
Un «Mi amor» de verdad, repatriando las palabras íntimas, tales como «mi vida», «mi corazón» o «cariño», ahora convertidas en meros saludos, por lo que cuando son dirigidas honestamente, suelen perderse en el camino, dejándonos la sensación de ser otro conocido más. Nuestro vocabulario en ese sentido se está estrechando, ahora nos hemos visto en la necesidad de inventar vagas palabras para ello.
«Amar», mas no de «desear», separando ambos términos y dándole al primero su debido lugar como fundamento en una relación sentimental. Menos «te amo» por aquí y más por allá. Cuánto menos se «ame» en situaciones sexuales y más por fuera de tales encuentros, mucho mejor para nuestras siempre dudosas mentes. Es posible amar y no desear, y viceversa.
El deseo está sujeto al desconocimiento, a la incertidumbre; ninguna relación se mantendrá en pie por tanto tiempo en esos cimientos. Nos gustaría que ambas se llevaran de la mano, pero somos conscientes de su opuesta condición; sin embargo, lo que relamente buscamos es amor, solo que creemos que el único medio para obtenerlo es a través de nuestros cuerpos. El propósito del deseo es el de atraer, no el de cohesionar, ese trabajo es nuestro.
Es esta distinción la que nos permitirá depositar nuestra identidad en el lugar adecuado, en donde nuestras más honestas emociones son tenidas en cuenta. Cuando nuestra identidad no se vea amenazada del todo, uno comprende mejor la situación en la que nos deja nuestra no tan razonable naturaleza, uno se enfoca en lo que verdaderamente apreciamos y sobrepasa, sin tanta amargura, nuestros tropezones.
Humanidad, desechando el anhelo que busca que nuestra pareja encaje en un molde poco humano. Aceptando, sin tanto melodrama, que lo que se tiene en frente, y al igual que nosotros, es un ser defectuoso, irritante en muchos aspectos, tonto, torpe, terco, arrogante, egoísta, vanidoso, lascivo, miedoso, cochino, lleno de ideas absurdas e intereses no tan interesantes; o en otras palabras, un ser humano, la única opción que disponemos. Esa es la razón por la que la naturaleza tiene que recurrir a su artillería hormonal para juntarnos íntimamente con semejantes seres tan estresantes, o de lo contrario, nos hubiésemos extinguido hace rato.
Contexto, percatándonos que barrer, trapear, regoger las heces de las mascotas, limpiar el retrete, sacar la basura, lavar la ropa, plancharla, hacer compras, cocinar, lavar los platos, quejarse con los servicios públicos, pagar deudas, lidiar con la inmadurez de los niños y un tremendo etcétera, no son escenas protagónicas en las historias románticas que nos muestran frecuentemente las telenovelas y películas, pese a que en realidad es lo que mayormente consume nuestras vidas sentimentales. De esas tediosas actividades no se escapa la mayoría de los mortales, estén en una relación o no, por eso amamos las historias románticas, especialmente si uno de los protagonista es multimillonario.
Soledad, aceptando que nadie nos comprenderá ni nadie nos apreciará ni nadie nos aceptará de la manera que deseamos, porque nadie lee mentes; porque cada cabeza es un desastre que requiere la mayor parte de nuestra atención, nadie más puede hacerlo, uno es egocéntrico por naturaleza; y porque nadie es perfecto, por lo que habrá un sinfín de aspectos que irritarán a un sinfín de personas, y por lo tanto, un sinfín de espacio para crecer.