El sabelotodo
El sabelotodo no nos cae mal porque sepa algo, nos cae mal porque falla en saberlo todo. Cuando recurrimos a alguien para adquirir cierto conocimiento, uno lo hace porque lo necesita, porque no está a nuestro alcance, porque sabemos que esa persona lo posee y nos vamos agradecidos porque al final es transmitido. El sabelotodo se tropieza desde el inicio, suele ofrecernos conocimiento que no solicitamos ni requerimos. Como falla en conocernos, no lo sabe todo. Por lo tanto, el sabelotodo es un farsante. Estamos ante un personaje que prentende conocernos, pero que fracasa rotundamente en hacerlo. Nuestra existencia es desconocida, es simplemente negada. El sabelotodo nos cae mal porque nos genera una minicrisis existencial.
El sabelotodo también nos recuerda nuestra incompetencia. No nos molesta tanto el aprender algo nuevo, sino algo que se supone «debíamos» haber aprendido hace tiempo. Como el sabelotodo suele merodearse en nuestro entorno, vemos que somos nosotros los que han fallado en atrapar lo que ellos fácilmente captaron. Y como vivimos en una cultura en donde el valor de la persona está sujeto a sus competencias y que se jacta de ofrecerte las mismas condiciones y oportunidades, nuestra existencia es de nuevo menoscabada. El sabelotodo nos cae mal porque nos genera otra minicrisis existencial, y esta vez se percibe que es merecida.
El sabelotodo siente la necesidad de pretender serlo, no porque en realidad cree que lo sabe todo, sino porque nuestra sociedad nos menoscaba por no saber nada, debido a que, irónicamente, no tiene idea de lo que es un ser humano. El sabelotodo teme caer en la misma crisis que aquel que se da cuenta que no sabe «mucho», por eso se esfuerza en que veas que lo sabe todo. El sabelotodo simplemente busca que se le valore, al igual que la frustración de aquel que no sabe tanto. Esto demuestra que aquí nadie sabe un carajo.