Crecer

Mano de un bebé sobre la de un adulto

Vivimos en un mundo que teme envejecer, y puede que por obvias razones, puesto que la edad es un pilar fundamental para la estructura social que hemos levantado, en donde las puertas laborales y los espacios afectuosos nos los van cerrando conforme pasan los años.

Lo que en realidad es un problema estructural de nuestra sociedad, el cual puede corregirse, lo interpretamos como un problema de arrugas, del cual aún no podemos escapar. Consciente de lo endeble de nuestra preocupación, pero rico en dividendos, el tema ahora es tratado como un asunto de salud personal, echando más tierra a sus extensas y perjudiciales raíces.

Envejecer se ha convertido en algo que debemos evitar a toda costa, basta con ver los comerciales de cosméticos en donde te ofrecen una mano para «quitarte unos años de más» o el protagonismo que le damos a ciertos estilos de vida por las razones equivocadas, como por el miedo a ser considerado «viejo»; es así como alimentamos el estigma, y no precisamente hacia las arrugas.

Si echáramos una mirada hacia atrás, nos percataríamos que envejecer es de hecho crecer, al notar lo mucho que hemos cambiado en el aspecto emocional y técnico, advirtiendo cómo las experiencias aún continúan nutriendo nuestras mentes y atestiguan la vitalidad de nuestros frágiles cuerpos, dejando su huella en él para recordarnos que apilar años es un privilegio del que tenemos que estar agradecidos. No debemos temer envejecer, sino anhelarlo.

Si en realidad deseamos recuperar nuestras vidas, debemos retomar lo que envejecer significaba para nuestros antepasados en los tiempos libres de esta mercadotecnia acérrima, cuando no nos equiparaba con un objeto, sino que era sinónimo de crecimiento, de conocimiento, de salud, de vida; su verdadero significado.

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