Una tarea pendiente

Adulto y niña dibujando

Si para educar debemos agredir, entonces estamos fallando como mentores. La educación no es algo instintivo ni el ser padre es un título académico: para educar, primero debemos aprender a hacerlo; dicha labor solamente puede ser desempeñada por nosotros, no por un cinturón, eso solo «ajusta» el pantalón.

Como nadie nos orienta en los oficios de la paternidad, terminamos empleando el único molde que conocemos: «si hoy no soy un delincuente, es gracias a la correa»; no obstante, ignoramos que gran parte de nuestros complejos y temores, aquello que erróneamente llamamos «personalidad», han echado raíces en esa descuidada maceta.

Nuestro propósito como padres no debería ser la de prevenir criminales, sino la de cultivar mentes saludables, en donde lo primero sería un subproducto de lo segundo, y eso no se logra con el viejo molde que heredamos; basta con apartar la mirada de esa persona apacible que vemos en el espejo y echar un vistazo a ese olvidado y turbulento interior.

Para nuestra fortuna, ya se ha profundizado en el cómo y puesto a disposición en distintos medios, solo tenemos que asignarnos la tarea de aprender a enseñar por el bienestar de quienes nos importan, por la buena salud de nuestra sociedad y por el uso adecuado de la correa.

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