Lenguas aborígenes

Mujer contemplando el bosque

La tristeza, la ira, los celos, entre otras emociones, son sentimientos que desde pequeños nos enseñaron a aborrecer y a ignorar por su cualidad impetuosa, presentándonos la felicidad como única salida y despojándonos de nuestra humanidad cuando no la alcanzamos; sin embargo, y como era de esperarse, esa imagen que intentamos en vano adoptar no es humana.

Los sentimientos son el medio que tiene ese rinconcito aborigen de nuestra mente para comunicarse con la parte que civilizamos, nuestra razón; es un flujo unidireccional de información, y como en todo canal, su conocida naturaleza violenta es el único camino que se le despeja al verse obstruida.

Nuestra frustración nace cuando nos escontramos desemparados en medio del desastre con algo en frente de nosotros que carece de forma, pero ya conocido, un escenario del que solo nos vemos huyendo, implorando y maldiciendo; no obstante, ignoramos que ese caos no es más que el resultado de nuestra imprudencia.

La labor que se nos otorga como administrador del todo es atender lo que nos da forma, pero debido a que nadie nos enseña a interpretar las lenguas aborígenes de nuestro ser, lo primero que hacemos es delegar nuestro deber al confiable temor, desconociendo su condición, en vez de embarcarnos en la compleja tarea de intentar comprenderlas; sin embargo, la sensatez solo reside en abrazar el lenguaje que rige nuestras cabezas.

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