Amalgama de emociones
Como el incendio de una catedral francesa es la noticia del momento, muchos han empezado a cuestionar la manera en la que encaminamos nuestro enfoque: ¿no hay temas más importantes, los cuales pueden involucrar vidas, que una vieja estructura? Seguro que sí, pero estamos olvidando que el ser humano es una amalgama de emociones.
Del mismo modo en el que apreciamos a un objeto de distintas formas o en el cómo nos aflige más la partida de un ser querido que la de un lejano conocido o en la conmoción desigual que nos dejan las tragedias que aquejan a nuestro pedacito de tierra y las eternas guerras en el otro lado del espectro geográfico-cultural, algo similar sucede en este caso. Ninguna desgracia minimiza a otra, pero el desasosiego va de la mano de la percepción.
Lo anterior se debe justamente a que somos seres humanos, puesto que no es más que el resultado del proceso natural que nos moldeó, el cual busca proyectarnos en el tiempo, priorizando todo aquello que pueda brindarnos certeza en nuestro camino. El cómo valoremos algo dependerá de cuán fuerte abracemos el vínculo que nos una a él, si es que existe.
Los enlaces no están sujetos al contacto físico, sino al cómo influencia nuestras vidas, y Francia es una nación con la que crecemos desde pequeños, independientemente de si hemos estado allá o no: cada trocito de él está enmarcado fijamente en la historia, en la literatura, en el arte, en la arquitectura y en la religión; y esa vieja edificación es la ejemplificación de ello, una crónica de ocho siglos de nuestra existencia, por lo que posee un inmenso valor cultural.
Si lo que deseamos es concienciar a los demás sobre otros asuntos de vital importancia, lo que debemos hacer es establecer puentes, tocando nuestra humanidad y evidenciando lo que podemos levantar cuando unimos nuestros recursos, pero eso no lo vamos a lograr con menoscabar ni muchos menos con deshumanizar; de hecho, nada positivo se logra con ese método.