Condenados

Cerca de alambre

Estamos condenados a ser más miserables de lo que deberíamos en una relación de pareja:

  1. Porque esperamos de nuestras parejas el fin de nuestras ansiedades, inseguridades y temores, desconociendo que es una eterna condena impuesta por nuestra naturaleza. Es lo que somos. De hecho, todo lo que nos rodea es producto del anhelo por paliar dicho sufriemiento, es una cualidad evolutiva. Al contrario, el estar con alguien ahondará más nuestra angustia, puesto que estaremos depositando en manos ajenas nuestra frágil identidad.
  2. Porque esperamos de nuestras parejas el fin de nuestra soledad, cuando en realidad estamos irremediablemente, e independientemente de quien esté a nuestro lado, solos. La soledad no es física, sino emocional. Es el precio que debemos pagar por atrevernos a razonar. No es más que nuestra cabeza siendo consciente de sí misma. Pasaremos nuestras vidas sin que nadie nos aprecie del todo, porque no somos dioses, y sin que nos comprendan enteramente, porque nadie tiene el poder de leer mentes, porque somos pésimos entendiendo la nuestra y porque cada una es un desastre que requiere la atención continúa de su regente.
  3. Porque depositamos nuestras relaciones en nuestra líbido, creyendo inocentemente que nuestras efímeras hormonas conllevan algo de sabiduría en su impetuosidad, cuando en realidad nuestra naturaleza sigue enraizada en los tiempos en los que no teníamos cabezas. A ella lo que le interesa es la diversidad genética, no nuestra estabilidad emocional, aún no sabe qué es eso ni está interesada en saberlo.
  4. Porque uno busca ser amado, mas no amar; ese trabajo se lo echamos al otro y ese otro a nosotros. Entramos en una relación sin que nadie sepa cómo hacer eso.
  5. Porque esperamos seguir con nuestra soltería en una relación, desconociendo que en el momento en el que se pisa una, alguien deposita su identidad en nosotros. Una nueva y frágil resposabilidad es puesta en uno. Después nos preguntamos tontamente el porqué de tanta desconfianza hacia nosotros.
  6. Porque creemos que convivir con nuestra pareja será un jardín de rosas, suponiendo que estaremos ante otro Yo, en vez de otra persona. Convivir es estresante por el simple hecho de que se involucra a otro ser, con intereses e idelogías alienígenas a uno, con una letanía de complejos sicológicos que no relucen en las primeras citas, exigiéndonos nuevos niveles de paciencia y obligándonos a sacrificar parte de nuestra identidad para tal propósito. Esa es la razón por la que nuestra naturaleza requiere mover toda su artillería hormonal y sicológica para juntarnos íntimamente con alguien, simplemente porque es algo ¡desquiciado!
  7. Porque nuestra cultura se empeña en insitirnos en que nada de lo anterior es cierto y nuestras ansiosas mentes no se resisten a ello.

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