El destino

Vía láctea

El «destino» no es más que un hermoso invento humano para calmar las ansiedades que nos deja el vivir en un mundo incierto. Afirmar que uno puede crear nuestros propios destinos es mera arrogancia, puesto que implica que se tiene el control sobre cada detalle de la naturaleza, de su vida y de la vida de los demás; es afirmar que no se está a merced de las fuerzas naturales, de las enfermedades, del accidente, de las acciones de terceros y de lo aleatorio. Es afirmar que se es dueño de nuestro futuro, es declarar que se es un dios.

En nuestros ojos, el destino solo puede formarse en el distante pasado, lejos de nuestro poder. Lo único que pueden hacer estos frágiles cuerpos es adaptarse, reconociendo su insignificacia en el plano cósmico y maniobrando, lo mejor que se pueda, entre sus tiranos mandatos.

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