Infidelidades

Marca de lápiz labial en una banana

Las infidelidades no duelen porque nuestras parejas estén «haciendo» algo con otros, sino por la «interpretación» que le damos a esos encuentros: la negación de nuestra existencia; un ataque hacia nuestra identidad, de ahí la sensación vacía que nos deja en el pecho.

Lo que en realidad buscamos en la vida es «aprecio», el medio que empleamos para validar nuestra existencia. Esa es la razón por la que nos atrae la fama y el poder. Eso es lo que significa ser «social». Como somos conscientes de cada rincón de nuestro ser, y por lo tanto, de nuestros vicios y defectos; e ignorantes de lo que contiene las cabezas de otros, lo que singulariza nuestras experiencias —de ahí nace la soledad que ni la compañía puede curar—, somos incapaces de valorarnos a nosotros mismos. Necesitamos de otros para tal tarea.

Nuestra obsesión hacia al romance radica en la promesa que nos hace para saciar ese eterno anhelo, el de ser apreciado. Eso sin contar que es más asequible, a diferencia de la elusiva fama y del poder. La impetuosidad de la atracción nos convence de ello, es su evidencia tangible. El hecho de que alguien esté dispuesto a recibir nuestros imperfectos cuerpos es su confirmación, por lo que depositamos en él nuestro derecho a existir. Es en ese momento en donde nacen los problemas, puesto que colocamos nuestra frágil identidad en algo que no es la fuente de nuestras más sinceras emociones, sino solo un medio para expresarlo, y que a su vez está sujeto a otras fuerzas ajenas al asunto que nos concierne.

El escozor de las infidelidades viene de nuestra interpretación del hecho como un ataque directo hacia nosotros mismos, cuando, en la mayoría de los casos, ni pasábamos por la cabeza de nuestras parejas. Cómicamente, lo que más suele enfadarnos es lo que más debería tranquilizarnos. Nuestras mentes no solo emplean nuestros cuerpos para transmitir «aprecio» hacia alguien, sino también para elevar su autoestima, convencerse de su autonomía y para reconciliarse con su identidad, sacrificios que demandan el compartir una vida con alguien. No es tanto lo que se haga, sino lo que se busca hacer con ello; en simples palabras, nuestras intenciones.

Someterse a una relación implica que atemos el deseo a alguien, adoptemos ciertos roles y cedamos ciertas convicciones por el bienestar de esta. Una parte de nosotros es callada por el bien general. Es lo que demanda la convivencia, puesto que no se está ante otro yo. Nos toca negociar, no hay otra salida.

El hecho de que lo hagamos con «otro» es justamente lo que nos permite recuperar nuestra autoestima, deshaciéndonos de la idea de que se está con uno por un acto de caridad; convencernos de nuevo de que somos seres intependientes, que no hemos cedido nuestras vidas, sino que solo las estamos compartiendo; y reconciliarnos con nosotros mismos, abrazando cada posibilidad de nuestro yo negada en escenarios que solo los puede ofrecer un desconocido, alguien que, por hábitos del tiempo, no puede afirmar que nos «conoce». Es más fácil ser otra persona con meros desconocidos.

La infidelidad no es más que un respiro ante las demandas de las relaciones sentimentales, pero no suele ser su reemplazo; de hecho, y generalmente, la intención del infiel nunca es la de sacrificar lo que tanto le ha costado erigir, incluyendo el vínculo emocional con su pareja, por lo que lo mantiene en las sombras. Si seguimos este hilo, el infiel en realidad nunca es «infiel». Puede sonar cínico, pero es solo eso, un breve respiro. Son momentos en los que uno se reconcilia con uno mismo, de ahí las expresiones cuando nos vemos acorralados «¡ella sí me valora por lo que soy!», «¡volví a ser yo mismo!» o el desastroso «¡él sí me hace sentir mujer!», en un intento desesperado y torpe por compartir, ambiguamente, una experiencia de la cual creen que ambos podrían beneficiarse.

Lo que nos impide aprender sus lecciones, y llevar sus enseñanzas a donde sí nos importa, es nuestra obsesión natural hacia lo que nuestros ojos ven. Por un lado, vemos a alguien que nos hirió específicamente por donde más nos duele, por lo que debe haber intencionalidad. Y por el otro, vemos a un sujeto que sí sabe amar y coger, envuelto en la sazón que nos dejan los encuentros furtivos —después de todo, el deseo solo funciona cuando no se «posee» algo— y en el concepto que tenemos del amor romántico, ligada íntimamente a lo anterior; creyendo que si nos alejamos de la «fuente», perderemos de nuevo una parte de nuestro ser, cuando en realidad nunca nos ha abandonado; o que dejaremos escapar la posibilidad de una vida más apacible, cuando en realidad ninguna relación se escapa de su grado de miseria, dada su condición.

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