Revoluciones
Ante una problemática no debidamente atendida, la protesta es el medio al que recurrimos para exigir su atención y, una vez esté de nuestra parte, proponer alternativas concretas y sensatas que permitan su remedio. El problema con nuestras protestas es que suelen ser ambiguas. Las riendas no suelen caer en las manos más apropiadas, por lo que perdemos el rumbo apenas arrancamos.
Podemos reconocer que existe un problema, puesto que lo sentimos, pero no solemos comprender del todo su naturaleza. Poseemos una idea general, pero no sabemos a ciencia cierta de dónde viene ni el porqué nos afecta ni el cómo afrontarla. Como su forma es incierta, y buscando darle algo de solidez, terminamos grapándolo con los demás asuntos que comparten su condición, embrollándolo aun más e impidiendo su debida consideración. Ante este amorfo escenario del que no sabemos cómo responder, no nos queda más de otra que señalar a la maquina de la que hace parte, demandando su respectivo desmonte; y frente a su negativa, empezamos, naturalmente, a patearla por fallarnos.
Los sistemas que hemos levantado suelen ser lentos, obstinados y complejos por una sencilla razón: porque su propósito es contrabalancear la desafortunada naturaleza humana. Saben que somos ansiosos y tribales, que nuestra visión es de muy corto plazo y que somos pésimos asimilando cambios, en especial, los drásticos. Los verdaderos revolucionarios, aquellos que esperan algo sostenible, no son los que simplemente exigen un cambio, sino los que lo buscan directamente, pero adaptándose al entorno, no ingenuamente quemándolo; lo hacen comprendiendo las entrañas del aparato, no pateándolo; lo hacen masticando cada tema, no engulléndose todo; son conscientes de lo contraproducente de nuestro afán, por lo que son pacientes. Nuestra sociedad habrá madurado cuando las revoluciones recaigan en las manos adecuadas, cuando sean silenciosas.