Un mundo de locos

Mujer encogida de hombros

Nada de lo que se piense, se diga o se haga tiene alguna importancia en el plano cósmico, en donde nuestra presencia queda revelada como efímera y fútil. Nuestras carreras, relaciones y convicciones son meras distracciones que empleamos para navegar en este mar lleno de incertidumbre e indiferencia, artificios a los que recurrimos para mantener ocupadas nuestras agitadas mentes, malditas por «ganar» conciencia. La vida carece de sentido, eso es un invento nuestro y más vale que nos comamos el cuento.

Seguimos siendo meras bestias regidas bajo los mismos impulsos que cualquier otro animal. Es nuestra arrogancia la que lo niega, resultado de nuestro pavor por reconocer que uno no controla ni su propio cuerpo. El ser humano no es un ser racional, sino un ser consciente de su irracionalidad. Somos cautelosos de nuestra egoísta naturaleza, eso es todo. Inventamos leyes y abrazamos fanáticamente convicciones justamente para entorpecernos a nosotros mismos. Tonto no es aquel que se tropieza, sino aquel que piensa que es tonto tropezarse.

Pensar que el universo se creó específicamente para complacernos es la cúspide de nuestra necedad, un intento desesperado para ocultar nuestra nimiedad. Nuestra existencia, junto con todo lo que nos rodea, no es más que el producto de la aleatoriedad. No se vive en un universo moralista. Estás aquí por mera suerte y te irás de igual manera. Maldecimos a la vida al ver que la miseria se niega a irse de nuestros lados, cuando en realidad nunca nos prometió lo contrario. Uno no nació para ser feliz. En vez de dar pataletas, es mejor ver qué se puede disfrutar de ella.

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