Desnudez
El ser humano es un ser sediento de aprecio, resultado del salino desprecio que reboza en nuestro interior. Vivimos en una cultura que nos enseña a avergonzarnos de nuestro ser, por lo que tapamos nuestros cuerpos con disfraces y caretas. Deámbulamos en esta vida en cuerpos ajenos.
El placer por exponer nuestra desnudez, no solo física sino emocional, proviene justamente de eso, del anhelo por ser apreciado en nuestra esencia, libre de atavíos, descubriendo lo que ocultamos la mayor parte del tiempo, lo que también hace parte de uno. Por supuesto, esto solo es posible en un ambiente seguro, en donde los prejuicios habituales ceden su lugar a la generosidad.
La magia de estar desnudo en los brazos de alguien o en los lentes de una cámara o en las pinceladas en un lienzo nace del deseo por ser aceptado en nuestra totalidad, es un momento de reconciliación con uno mismo, de regocijo por escuchar silenciosamente que nuestra existencia es válida y hermosa.